Al paso de Dios

Tras dedicar los dos últimos meses a la visita del Santo Padre, uno para prepararla y otro para exultar de esos días junto al Papa, volvemos este mes a nuestras consideraciones, que confío ayuden, sobre la vida de san Josemaría camino del centenario de la Fundación del Opus Dei.

Nos puede facilitar la comprensión de las decisiones que nuestro santo va tomando a lo largo de su vida el hecho de que desde joven quiso ir “al paso de Dios”. Esta expresión sencilla, pero de gran dificultad en su puesta en práctica, nos ayuda a entender la exigencia personal del santo consigo mismo y la pronta respuesta a los requerimientos divinos. Sabedor de que Dios le pedía algo distinto al hecho de ser un sacerdote diocesano más, solicita permiso al Obispo para poder continuar los estudios en Madrid. Lo hace sólo y exclusivamente para estar más disponible a lo que Dios le pedía. Podía haber continuado ejerciendo su ministerio sacerdotal en las parroquias que le habían asignado, en las cuales desarrolló una intensa labor pastoral, pero entreveía que Dios le pedía algo distinto. Y será, precisamente, en Madrid dónde el Señor le hace ver con claridad lo que espera de él.

Llevaba poco tiempo ordenado, tenía poca experiencia sacerdotal, estaba realizando los estudios de doctorado universitario, y ahí Dios le muestra toda la “Obra” a realizar. No se excusa, no se esconde, simplemente se pone a trabajar en ello con plena confianza en Dios y sin dar ningún paso al respecto sin la venia del Obispo de Madrid. Eso sí, procurando ir al paso de Dios, también cuando debe esconderse y ralentizar la intensa labor con universitarios que estaba realizando, al estallar la guerra civil española. La confianza en Dios, en los que se han acercado a su tarea pastoral y sus deseos de corresponder a las gracias divinas recibidas lo llevan a no detenerse nunca, a seguir yendo siempre al paso de Dios.

Mn. Xavier Argelich

Continuamos alzando la mirada

La visita del Papa nos invitaba a alzar la mirada. Ahora, al comenzar julio, queremos continuar ese mismo camino. Levantar la mirada no es evadirse de la realidad, sino contemplarla con esperanza, sabiendo que el Señor sigue actuando en el mundo y en nuestro corazón.

La reciente visita del papa León XIV ha sido una ocasión providencial para renovar esta convicción. En sus encuentros con los fieles, con los jóvenes, con las familias y con tantas personas que sufren diversas formas de fragilidad, el Santo Padre nos ha recordado que la Iglesia está llamada a ser una presencia cercana, capaz de escuchar, de acompañar y de ofrecer siempre la alegría del Evangelio.

En varios momentos de su viaje insistió en la necesidad de no dejarnos vencer por el desaliento. También nuestra sociedad experimenta incertidumbres, divisiones y no pocas heridas. Sin embargo, el cristiano sabe que la esperanza no nace del optimismo humano, sino de la certeza de que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Por eso podemos mirar al futuro con confianza y trabajar cada día por sembrar reconciliación, justicia y paz.

Especialmente significativa ha sido su invitación a vivir una fe que se traduzca en obras concretas de caridad. La vida del cristiano encuentra ahí una de sus expresiones más auténticas: en el cuidado de quienes viven solos, en la acogida de quien llega buscando una oportunidad, en la cercanía a los enfermos y en la educación cristiana de niños y jóvenes. Son gestos sencillos que, realizados con amor, hacen visible el rostro misericordioso de Dios.

El tiempo del verano ofrece además una oportunidad privilegiada para recuperar espacios de silencio, de oración y de convivencia familiar. Todos podemos encontrar momentos para renovar nuestra amistad con el Señor, participar con mayor serenidad en la Eucaristía, abrir un buen libro espiritual o dedicar un tiempo generoso a quienes más nos necesitan.

Continuemos, pues, alzando la mirada. Que no se quede fija únicamente en nuestras preocupaciones inmediatas, sino que se dirija hacia Cristo, que camina siempre con nosotros. Bajo la protección de la Santísima Virgen María, pidamos la gracia de ser, en medio de nuestra ciudad, testigos sencillos y alegres de esa esperanza que nunca defrauda.

Mn. Xavier Argelich

¡Alzad la mirada!

El Papa León XIV nos visita y hemos procurado prepararnos lo mejor posible para recibirlo. Nosotros lo esperamos con ilusión y con deseos de estar con él y escuchar sus palabras. Aunque no todos podremos asistir a sus encuentros, nos llena de esperanza tenerlo en nuestra ciudad. Por eso, no solo le damos la bienvenida, sino que nos hemos preparado con oración personal y comunitaria para disponer nuestro interior para recibir todas las gracias que en estos días nos concederá nuestro Señor.

Queremos alzar la mirada a la Cruz que corona la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia y aún más arriba, al mismo Jesucristo. Por eso, la visita del Vice-Cristo en la tierra nos empuja hacia una mayor consciencia de quienes somos y a dónde nos encaminamos. El Papa viene a confirmarnos en la fe, en esa fe en Dios que llena toda nuestra existencia e ilumina todo nuestro peregrinar terreno hacia Él. ¡Alzad la mirada! No nos quedemos en lo emotivo del momento, profundicemos en ese Amor de Dios que nos lleva a vivir con entrega a Él y a los demás en todas las circunstancias de nuestra vida. La mirada elevada nos facilita afrontar cualquier situación personal, familiar, profesional y social con una visión totalmente distinta a la mayoría de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Las vemos y afrontamos con una luz muy especial y con una actitud interior llena de esperanza.

Al levantar la mirada descubrimos con facilidad por qué suceden las cosas, por qué existo y el porqué del valor de la verdad, entre tantas otras cosas. Existo por y para Dios, para gozar de su amor y encarnarlo. Todo lo que me sucede es para que ese amor crezca en mí y se derrame a mi alrededor. Descubro y veo con claridad la verdad que hay en el ser humano y en el mundo creados y procuro, entonces, vivir en Verdad. Aprovechemos al máximo este gran momento histórico.

Mn. Xavier Argelich

¡Madre mía, llámala fuerte!

En este mes de mayo me gustaría hacer algunas consideraciones del amor y devoción a Santa María que, desde pequeño, tuvo san Josemaría Escrivá.

Es bien conocido por muchos de nosotros cómo fue creciendo en él esta tierna y recia devoción desde su infancia. Surgió con naturalidad y sencillez gracias al ejemplo de sus padres y a las costumbres familiares. Lo ofrecieron a la Virgen de Torreciudad a la edad de dos años, tras la curación inesperada del niño Josemaría, ya desahuciado por el médico familiar.

Alcanzó mucha fuerza durante sus años en el seminario y de manera muy concreta durante su estancia en Zaragoza, dónde acudía diariamente al Pilar para rezar ante la santa imagen de nuestra Señora, pidiéndole que viera lo que el Señor le pedía y se hiciera realidad, ¡Domina, ut sit!

En su primer libro, Camino, dejó constancia de su amor y devoción a la Virgen María. En él encontramos expresiones que son auténticas oraciones filiales, de un hijo que recurre con confianza a su Madre porque sabe que lo escucha e intercede por él. Un buen ejemplo es el punto 516: “¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha”. Sin duda se trata de una experiencia personal, fruto de su constante acudir a la protección y ayuda de Santa María.

Al procurar crecer en esa devoción a la Virgen María durante este mes nos puede ayudar la vida santa de San Josemaría y sus escritos y consejos marianos. Muchos hemos aprendido de él a saludarla sirviéndonos de tantas imágenes de María, basta una mirada, una jaculatoria, un pequeño pensamiento.

Mn. Xavier Argelich

Inicio de la misión sacerdotal

La ordenación sacerdotal de Josemaría Escrivá, el 28 de marzo de 1925, marca el inicio de un camino que trascendería ampliamente su propia biografía. Más que un acontecimiento aislado, representa el comienzo de una misión espiritual que encontraría su forma definitiva pocos años después, pero que ya se gestaba en sus primeras experiencias pastorales.

En la Zaragoza donde se formó y fue ordenado, y posteriormente en Madrid, su labor sacerdotal se caracterizó por una entrega concreta y silenciosa. Lejos de protagonismos, dedicó sus primeros años a la atención de enfermos, la predicación y la dirección espiritual, especialmente entre personas humildes. Este contacto directo con la realidad cotidiana fue decisivo: en él descubrió que la vida ordinaria —el trabajo, la familia, las preocupaciones diarias— podía ser también lugar de encuentro con Dios.

Aquellos años no estuvieron marcados por grandes proyectos visibles, sino por la fidelidad en lo pequeño. Sin embargo, en su interior crecía una intuición aún difusa sobre una llamada más amplia. Esa inquietud encontraría claridad el 2 de octubre de 1928, también en Madrid, con el nacimiento del Opus Dei, una propuesta que subrayaba la llamada universal a la santidad en medio del mundo.

Su experiencia sacerdotal inicial resulta clave para entender esa intuición. No surgió de una teoría, sino del trato directo con las personas y sus circunstancias. Por eso, su mensaje tenía un tono cercano, práctico, accesible. Frente a visiones más restringidas de la vida espiritual, defendió que todos —sin excepción— están llamados a la santidad.

En un contexto social complejo, previo a la Guerra Civil Española, su actitud fue de constancia, oración y servicio. Sin estridencias, pero con profunda convicción, fue configurando una espiritualidad que años más tarde encontraría eco en el Concilio Vaticano II.

En definitiva, sus primeros años como sacerdote no fueron un simple inicio, sino la raíz de una visión que transformaría la manera de entender la santidad: no como algo extraordinario, sino plenamente inserto en la vida diaria.

Mn. Xavier Argelich

Escuchar y seguir la voz de Dios

Tras sobrellevar las pérdidas familiares, la familia Escrivá enfrentó un nuevo desafío: a finales de 1914, el negocio textil de José Escrivá quebró en medio de una crisis económica que afectaba a Barbastro y su región.

La familia quedó arruinada, pues su padre decidió pagar todas las deudas por principios de conciencia. La ruina económica, impulsó a la familia a mudarse a Logroño en 1915, en busca de un nuevo comienzo. Allí, Josemaría concluyó el bachillerato.

El joven Josemaría soñaba con ser arquitecto, una vocación que combinaba su gusto por las matemáticas, el dibujo y la construcción. Pero los primeros meses de 1917 tuvieron un giro inesperado: vio unas huellas en la nieve de unos carmelitas descalzos y se planteó una entrega total a Dios. Atento al querer de Dios decidió ser sacerdote.

Durante dos años, de 1918 a 1920, Josemaría estudió en el seminario de Logroño. Fue una etapa centrada en la formación espiritual y académica. Se trasladó, a continuación, a Zaragoza donde terminó los estudios eclesiásticos. Fue una etapa llena de dificultades: atravesó una crisis vocacional, tuvo algunas diferencias con sus compañeros de seminario y, en noviembre de 1924, su padre falleció repentinamente.

Esas pruebas dieron hondura a su vida interior: pasaba largas horas ante el Santísimo y acudía a diario a rezar a la Virgen del Pilar. Su oración constante —Domine, ut videam! — expresaba un deseo ardiente de comprender la voluntad de Dios, aceptarla y secundarla.

En este tiempo de cuaresma, procuremos, también nosotros, estar atentos a la escucha de la Palabra de Dios, a las necesidades de los demás y, facilitemos así, nuestra conversión personal.

Mn. Xavier Argelich

Aquellos días blancos de su niñez

En nuestro caminar hacia el centenario de la Fundación del Opus Dei hemos empezado, el mes pasado, a conocer a su Fundador, san Josemaría Escrivá, el instrumento escogido por Dios para proclamar al mundo entero la llamada universal a la santidad. Como vimos, nació en una familia cristiana en la ciudad de Barbastro, Huesca. Ahí transcurrió su niñez y adolescencia. Al recordar esos años solía emplear una expresión que nos puede ayudar a conocer más su personalidad y su gran humanidad. Solía recordar esa época como: “aquellos días blancos de mi niñez”.

Dejemos que nuestro protagonista nos lo relate: “recuerdo aquellos blancos días de mi niñez: la catedral, tan fea al exterior y tan hermosa por dentro… como el corazón de aquella tierra, bueno, cristiano y leal, oculto tras la brusquedad del carácter baturro. Luego, en medio de una capilla lateral, se alzaba el túmulo donde la imagen yacente de Nuestra Señora descansaba… Pasaba el pueblo, con respeto, besando los pies a la Virgen de la Cama… Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. (Apuntes Íntimos,  núm. 228 y 229).”

Sus padres le enseñaron a rezar y a practicar las obras de misericordia. Los testimonios le describen como un niño de carácter abierto y aficionado a la lectura. Tal como él mismo nos cuenta sus padres lo educaron “dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana (…) Todo normal, todo corriente, y pasaban los años”.

Era un chico normal que iba creciendo con una sólida educación humana y cristiana, con el afecto y amor de sus padres, sabiendo afrontar las dificultades con sentido sobrenatural, especialmente la dolorosa y repentina muerte de tres hermanas de corta edad. El Señor iba preparando su instrumento como hace con todos para que llevemos a Cristo al mundo entero.

Mn. Xavier Argelich

 

En una familia cristiana

El inicio de un nuevo año nos impulsa siempre a fomentar renovados deseos de mejorar como personas y como cristianos. La Iglesia cada año nos invita a poner nuestra mirada y confianza en Santa María, Madre de Dios. Es una invitación a poner bajo su amor maternal esos buenos deseos y a reconocer que sin su ayuda nos será difícil llevarlos a término.

Junto a Santa María encontramos a Jesús y a san José, la Sagrada Familia de Nazaret. Jesús ha querido nacer en una familia y así santificar la familia humana y recordarnos que el amor humano es reflejo del amor de Dios. Al empezar un nuevo año procuremos vivificar el agradecimiento a Dios por el amor de nuestros padres y fomentemos todo aquello que hace posible que las familias sean ese auténtico reflejo del amor divino.

San Josemaría nació el 9 de enero de 1902 y siempre agradeció a Dios y a sus padres el haber nacido en el seno de una familia cristiana. Recordémoslo con sus propias palabras: “Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe”.

Las fiestas que acabamos de celebrar y nuestro deseo de ir preparando el centenario de la Fundación del Opus Dei, nos ayudan a considerar la importancia de la formación cristiana desde la tierna edad en el seno de la familia. La piedad, las virtudes, los buenos modales, la diligencia en el trabajo y la importancia del estudio y la cultura se aprenden en la familia principalmente. Así lo vivió san Josemaría desde bien pequeño. De esta manera el Señor lo fue preparando para que su respuesta a su voluntad fuera eficaz.

Entre todas las cosas que aprendió este santo en el hogar cristiano de sus padres quisiera destacar una: La tierna y firme devoción a la Virgen María y su agradecimiento especial por su curación cuando tenía dos años.

Mn. Xavier Argelich

Los caminos divinos de la tierra

El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo constituye un momento central y fundamental en la historia de la humanidad. Dios se hace hombre encarnándose en el seno virginal de Santa María y naciendo en Belén. Se hace uno de nosotros para redimir la humanidad y recuperar la amistad del hombre con Dios. Es un acontecimiento que celebramos todos los años con gran alegría y grandes celebraciones litúrgicas, familiares y sociales.

El nacimiento de Jesús supone el inicio del caminar terreno del Hijo de Dios, dando un sentido y valor sobrenatural a todo el quehacer honesto del hombre. Jesús santifica la vida humana, la familia, el trabajo, la sociedad y todas las realidades honestas de este mundo. Con su vida y palabras nos muestra el modo auténtico de vivir, nos señala el camino a recorrer y nos muestra el fin de todo hombre y mujer. Aprovechemos este tiempo de adviento y la Navidad para acercarnos más a Él y experimentar el verdadero sentido de toda nuestra existencia. ¡Se han abierto los caminos divinos de la tierra! Con esta gráfica expresión, San Josemaría nos hacía considerar la belleza y la grandeza de la luz recibida de Dios el 2 de octubre de 1928. Se iniciaba así una fuerte renovación espiritual en la Iglesia para recordar que Dios nos llama a todos a la santidad, que ésta no es sólo para algunos privilegiados. Todos los bautizados podemos y debemos ser santos. Una novedad tan vieja como el Evangelio y tan nueva como el mismo Evangelio.

Con el nacimiento de Cristo una nueva estrella se enciende en lo alto de los cielos, su luz brilla con claridad y fuerza, es un signo visible del amor de Dios, de su llamada insistente y persuasiva para que cada uno siga el camino marcado por la luz de la fe en Cristo, un camino distinto para cada uno, pero igual para todos ya que a todos nos llama Dios a ser santos.

¡Feliz Navidad y Feliz año nuevo!

Mn. Xavier Argelich

Camino al centenario

Tal como iniciamos el mes pasado, queremos recorrer los tres años que nos faltan para la celebración del centenario de la Fundación del Opus Dei, conociendo la figura de su fundador y el carisma que recibió ese dos de octubre de 1928.

La celebración de un centenario siempre nos brinda una oportunidad para hacer un recorrido y una valoración del tiempo transcurrido y recordar los acontecimientos más importantes de la vida de una persona o de una institución. En este caso la vida de san Josemaría es inseparable de la vida del Opus Dei, como iremos comprobando a lo largo de esos próximos años. Lo haremos mes a mes en estas breves consideraciones. Espero que sean de ayuda para todos, ya que la vida y el mensaje de san Josemaría alcanzan a muchos, sino a todos.

Cien años para una institución eclesial de ámbito universal es relativamente muy poco tiempo. No obstante, es un aniversario trascendente, ya que muestra la vitalidad y arraigo de un camino espiritual dentro de una institución bimilenaria, como es la Iglesia de Jesucristo. A lo largo de los siglos, Dios ha ido suscitando diversos santos y carismas que han contribuido a impulsar la misión evangelizadora de la Iglesia teniendo en cuenta las circunstancias de cada época y momento. Así ha sucedido con el Opus Dei, nacido por inspiración divina en el primer tercio del siglo XX, en un periodo entre guerras mundiales y unos años antes del Concilio Vaticano II, para enmarcarlo en acontecimientos históricos de ámbito mundial y eclesial respectivamente. Acontecimientos que han marcado de manera muy notable el mundo civil y eclesial actuales.

Vale la pena dedicar un tiempo mensual durante estos próximos tres años a profundizar en el carisma y mensaje, así como, el desarrollo y amplitud de esta institución tan querida en esta iglesia de Montalegre. Recordemos, en este mes dedicado a mostrar la multitud de santos que han vivido la vida cristiana con esmero, que precisamente el mensaje que recibe san Josemaría es anunciar en el seno de la Iglesia que todos estamos llamados a la santidad.

Mn. Xavier Argelich

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