Esperanza en medio de la crisis

La crisis sanitaria, laboral y social ocasionada por el covid-19 se ha incrementado en estas últimas semanas y las previsiones de los entendidos es que seguirá aumentando. Ante esta situación es fácil desanimarse, agobiarse, paralizarse como consecuencia de la incerteza o la inseguridad, provocando incluso una crisis espiritual más grande de la que ya están sufriendo un buen número de creyentes.

Pero, la vida espiritual precisamente es la que nos ayudará de manera más efectiva a afrontar la crisis actual y superarla, sino sanitariamente, si en los demás aspectos. La fe y, por lo tanto, la vida de piedad, más intensa por las circunstancias, nos impulsan a vivir el momento presente esperanzados. Con una esperanza firme y segura que nos pone en movimiento, nos estimula a buscar soluciones concretas y eficaces ante las dificultades provocadas por la pandemia. Nos empuja a estar más cerca de Dios y de los demás, especialmente de los más afectados. Nos lleva a afrontar la enfermedad y la muerte de nuestros seres queridos y de nuestros amigos y conocidos con la certeza de que vamos al encuentro de la Vida eterna, de la felicidad sin fin.

La esperanza cristiana es seguridad en la lucha, en el combate espiritual, es constancia en el esfuerzo por ser mejores, es saber que Dios nos dará los medios para afrontar y superar las dificultades que se nos presenten, es consciencia de que Dios nos gobierna contando con nuestro esfuerzo, por eso cultivar la esperanza significa robustecer la voluntad (Surco, 780).

La esperanza es virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo (Compendio CEE, 387). Los cristianos vivimos de esperanza porque llevamos el alma iluminada con un horizonte eterno al que nos dirigimos. No depende de nosotros, de nuestro ánimo, sino de la venida de Cristo a este mundo que con su amor redentor nos da vida y esperanza.

Mn. Xavier Argelich

Rehabilitar Montalegre

La Iglesia de Santa María de Montalegre fue construida en el año 1902, en sustitución de una capilla anterior mucho más pequeña, para dar cabida a todos los niños, niñas, jóvenes y adultos acogidos en la Casa de Caridad de Barcelona. A lo largo de estos más de cien años se han ido haciendo los trabajos de mantenimiento y mejoras necesarios para que el Templo tuviese la mayor dignidad posible. Pero a la vez, se han destinado muchos recursos para poder llevar a cabo su función asistencial, al principio, a los huérfanos y abandonados y posteriormente a los más necesitados y vulnerables. Y así continuaremos haciendo con la ayuda de Dios y de tantos benefactores.

Ahora, no obstante, ha llegado el momento, por el deterioro de la estructura del edificio, de afrontar una profunda rehabilitación de la Iglesia, empezando por la techumbre y las fachadas, gravemente dañadas por las filtraciones de agua de las lluvias y por los derrumbes, hace años, de algunos edificios que estaban anejos a la Iglesia. Después afrontaremos la reparación de las cristaleras de gran belleza valor artístico y espiritual. En apariencia puede dar la impresión que no hace falta realizar una obra de tal calibre, pero la evaluación técnica del estado del edificio certifica la magnitud del trabajo a realizar.

Con la ayuda generosa de todos, como siempre ha sido, lograremos llevar a cabo esta rehabilitación para que Montalegre continúe con su labor pastoral y asistencial y más en estos momentos de mayor dificultad para todos debido a las circunstancias actuales. Santa María de Montalegre mantiene siempre su manto extendido para dar cobijo y protección a todos los que acuden confiadamente a Ella. Entre todos protegeremos su Casa.

Mn. Xavier Argelich

Con la mirada puesta en Dios

Empezamos un curso bien distinto a todos los anteriormente vividos. Por eso, me parece que es el momento de preguntarnos qué espera Dios de nosotros en estas circunstancias. Seguramente ya nos lo hemos preguntado varias veces en los últimos meses. Cada uno habrá ido o irá encontrando la respuesta adecuada si la plantea en la presencia de Dios, si sabemos fijar nuestra mirada en Él.

En la intimidad de nuestro corazón oiremos su respuesta y obtendremos la fuerza interior suficiente para aceptarla y secundarla. Procuremos iniciar el curso manteniendo esa mirada en Dios y descubriremos poco a poco que Dios espera de sus hijos que confiemos plenamente en Él y que sepamos aprovechar estos momentos para dar testimonio de la verdad que sólo Él contiene.

Si tenemos la mirada puesta en Dios nos será fácil recurrir a Él en todo momento, desde el inicio del día. Sabremos poner todos nuestros afanes, ilusiones y dificultades en su mano. Procuraremos trabajar y hacer todas las demás tareas habituales buscando el amor de Dios y el servicio a los demás. Para conseguirlo será necesario que seamos más piadosos, que cuidemos las prácticas de piedad que la Iglesia ha propuesto siempre. Si somos rezadores y sacrificados encontraremos la respuesta a tantos interrogantes que se nos plantean en el momento actual. Sabremos ayudar a los demás a vivir cara a Dios, descubriendo su rostro y su mirada en todo lo que hacemos, pensamos y decimos.

La manera de superar el mal físico o moral es a través de la oración y la mortificación. La manera de no caer, en estos momentos, en la injusticia, en el egoísmo y en el pesimismo es rezando y acudiendo a las fuentes de la gracia, especialmente la Eucaristía, donde se hace más visible la mirada de Dios.

Mn. Xavier Argelich

Bajo el manto de María

Llegamos al mes de agosto y continuamos bajo la sombra, no pequeña, de la pandemia. Situación que ha provocado afrontar un mes, tradicionalmente dedicado al descanso, de un modo distinto al habitual. Pero no por ello dejaremos que decaiga nuestro ánimo y nuestra esperanza. Si somos hombres y mujeres de fe también lo seremos de esperanza.

La Solemnidad que celebraremos a mitad de mes, la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma, nos brinda la oportunidad de acogernos una vez más a su maternal protección y afrontar la situación actual con más visión sobrenatural y, por lo tanto con confianza plena en Dios.

Las palabras del papa emérito, Benedicto XVI, hablando de esta fiesta nos pueden facilitar tener esa actitud esperanzadora: “En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios.”

La imagen de Santa María de Montalegre nos invita a meternos bajo su manto, ese manto amplio, extendido, para que todos quepamos; para que nadie quede excluido de su maternal protección. Acudamos a Ella con confianza, recemos con fe para superar las consecuencias negativas de la pandemia. Como nos aconseja san Josemaría: “llámala fuerte, te escucha”. María siempre escucha nuestras peticiones. En estos momentos de mayor dificultad le pedimos que se muestre como Madre, que vierta sobre nosotros la esperanza segura que sólo puede otorgarnos su Hijo, Jesucristo. Esa esperanza es certeza de que, con la ayuda de todos, afrontaremos con serenidad las dificultades y las superaremos. Como hemos hecho hasta ahora.

Mn. Xavier Argelich

Retos de la nueva normalidad

La nueva normalidad surgida como consecuencia de la pandemia sufrida y aun amenazante nos lleva a plantearnos nuevos retos, nuevos enfoques o maneras de afrontar la vida en todas sus facetas: personal, familiar, social y laboral. Decidámonos a afrontarlos con la mirada puesta en Cristo y dispuestos a actuar como Él nos enseña.

Sin duda, uno de los retos más visible en estos momentos es el de afrontar la situación de precariedad económica y laboral en la que se encuentran tantas personas y familias enteras. Son muchos los esfuerzos que se han hecho hasta ahora y los que habrá que hacer en adelante. Para poder llegar al mayor número posible de familias se requiere la ayuda y el esfuerzo de todos. En primer lugar, hay que fundamentar bien nuestra vida en la oración y en la vida sacramental para saber descubrir qué podemos hacer con la ayuda de Dios. El Señor nos empujará a la generosidad para con los más vulnerables. ¡Cuántas iniciativas, en este sentido, han surgido estos días de pandemia! En Montalegre somos testigos directos de esta generosidad y solidaridad.

Otro de los principales retos es redescubrir el valor inmensurable de la familia tal como la ha previsto Dios al crear al hombre y la mujer. Estos días de confinamiento cuántos hemos agradecido pasarlos junto a la familia bajo el mismo techo o haciéndonos presente con videos llamadas o de otro modo. El estar pendiente de los demás, el rezar juntos, el pasar más tiempo en familia ha facilitado darnos cuenta de la importancia de pertenecer a una familia y, a la vez, de pertenecer a la Familia de Dios que es la Iglesia. Demos gracias y defendamos la familia cristiana buscando cómo mejorar la nuestra y cómo facilitar a los demás el redescubrimiento de este gran bien.

Mn. Xavier Argelich

Jesús, en ti confío

La fuerza de esta breve oración dirigida a nuestro Señor Jesucristo ha llevado, a lo largo de los siglos, a que mucha gente encuentre paz y sosiego en momentos de tribulación, grande o pequeña, Es una oración sencilla que manifiesta la fe y la esperanza que los creyentes depositamos en el Hijo de Dios hecho hombre. Va dirigida directamente al Sagrado Corazón de Jesús. Y parte directamente de nuestros pobres corazones, turbados por las dificultades personales o por las que nos provocan los otros o por otros motivos, como la situación actual que vivimos. Por eso, es un buen momento para repetirla muchas veces a lo largo del día y, si fuera el caso, de la noche.

Esta oración, asociada también a la devoción a la Divina Misericordia, nos ayudará a encontrar esa paz, ese sosiego y esa alegría, auténtico gozo, que tanto necesitamos en estos momentos tan peculiares y desconcertantes, especialmente por sus consecuencias sociales, económicas y, también, personales. Queremos fomentar la confianza en Dios y para eso necesitamos decírselo de muchos modos diversos: con estas palabras o con otras, sin palabras incluso, basta un pensamiento, una mirada al cielo, a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, a un crucifijo o una mirada a María, su Madre y madre nuestra, a su Inmaculado Corazón. Cuántas veces lo hemos hecho y hemos recobrado la paz y la serenidad perdidas.

Entre todos, con fe, esperanza y caridad, confiando en Dios, que es padre todopoderoso y que nos ama inmensamente, iremos superando las dificultades, afrontando los nuevos retos y procurando no dejar a nadie atrás. ¡Jesús, confiamos plenamente en Ti y a Ti acudimos llenos de confianza y seguridad!

Mn. Xavier Argelich

Vivir de la Eucaristía

La Pascua nos pone ante la grandeza del misterio de la redención que se hace presente en nuestra vida y en el mundo a través de los sacramentos de la Iglesia y de modo particular, en la Pascua, con los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. El confinamiento, provocado por la pandemia del coronavirus, ha dificultado e impedido que podamos participar de la celebración de los misterios pascuales. Bautizos, confirmaciones y primeras comuniones que se han debido retrasar. Tantos domingos y días sin poder asistir a la Eucaristía en las Iglesias, sin poder comulgar y sin poder recibir la absolución de nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. Todo ello, gracias al esfuerzo de todos, a la ayuda de los medios telemáticos y, sobre todo, de la gracia de Dios, que no nos deja nunca, no nos ha desalentado. Es más, ha supuesto un redescubrimiento del valor y la fuerza que tienen la Eucaristía y los demás sacramentos en nuestra vida. Ha suscitado un deseo ardiente de participar de la Santa Misa y de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Estoy convencido que todos nos hemos formulado propósitos de, cuando podamos, vivirlos con más intensidad, con más fe y sacar mayor fruto de este don precioso que Dios nos ha dado.

Necesitamos vivir de la Eucaristía, alimentarnos de ella y de los demás sacramentos. La Iglesia y los cristianos vivimos de la Eucaristía y cuando nos falta nos duele y nos sentimos más vacíos. No obstante, durante este tiempo, con la oración, las comuniones espirituales y las misas en la televisión o en internet nos han ayudado a mantener viva la esperanza y a descubrir lo mucho que necesitamos los sacramentos. Dios nos lo habrá compensado otorgándonos muchas gracias.

Preparémonos para recuperar, lo antes posible, tanto bien. Fomentemos un deseo ardiente de recibirle en la comunión eucarística. Nos puede ayudar repetir con frecuencia y meditar diariamente estas preciosas palabras de Santo Tomás de Aquino: “¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre. Concédele a mi alma que de Ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.”

Mn. Xavier Argelich.

 

UNIDOS A LA CRUZ DE CRISTO

Con el Domingo de Ramos empezamos la Semana Santa en la que participaremos una vez más del gran misterio de nuestra redención, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Desde el primer momento le decimos a Jesús que queremos acompañarle de cerca, muy unidos a Él en estos momentos que suponen el centro de la historia de la humanidad y que, a pesar del dolor y sufrimiento, dan luz a nuestra alma y a nuestra mente, iluminan y alimentan nuestra fe y toda nuestra vida.

Este año viviremos unos días santos muy especiales, mucho más que en años anteriores. Los viviremos en casa, siguiendo las ceremonias litúrgicas a través de los distintos medios de comunicación; o confinados en la habitación guardando cuarentena; o en la cama de un hospital; o atendiendo a los enfermos o prestando servicios esenciales. Sea cual sea la situación personal, buscaremos unirnos a Cristo, abrazados a su Cruz y esperando su Resurrección. En ningún momento nos sentiremos solos y, a la vez, no dejaremos solo a nadie. Tenemos por delante una gran ocasión de vivir la comunión de los santos y de experimentar en carne propia la eficacia de esta verdad de fe. Con el ofrecimiento de todo lo que hagamos o de lo que no podamos hacer, de la enfermedad, el dolor y el sufrimiento, del esfuerzo por vivir la alegría en estos momentos difíciles, uniéndonos a la Cruz de Cristo y a la de los demás encontraremos paz, sosiego y entereza para avanzar y vencer. Con la oración, acompañamos a todos y uniéndonos a las Misas que celebran los sacerdotes estaremos unidos a todos y tendremos fuerzas para darnos a los demás.

De esta manera, experimentaremos de un modo más vivo y pleno el sentido de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, despertará en nosotros el deseo de ser corredentores para después anunciar al mundo que Cristo vive y nos ama inmensamente. Aunque estos días no podamos acercarnos a recibir los sacramentos, pero si desearlos y vivir la comunión espiritual frecuentemente, al unirnos a las celebraciones de la Iglesia experimentaremos que es Madre y que el Señor se nos hace presente en la Iglesia que es su cuerpo místico, y que la Iglesia es y somos los bautizados, es decir, cada uno de nosotros. Este puede ser un gran descubrimiento en esta Semana Santa en casa o en el hospital.

Hay muchos recursos para ayudarnos a vivir estos días con intensidad, aprovechadlos. Busquemos meternos en los grandes momentos de esta semana: el Domingo de Ramos, aclamando al Señor que ha querido habitar en nuestra alma en gracia y meditando su Pasión; el Jueves Santo y la institución de la Eucaristía y del sacramento del Orden sacerdotal, el mandamiento de la caridad; el Viernes Santo reviviendo el camino de la cruz y considerando la entrega total del Hijo de Dios por amor a los hombres, sintiéndonos acompañados de María; la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección exultando con toda la Iglesia y el mundo entero porque Cristo Vive y nos obtiene la vida eterna, la vida para siempre, aunque hayamos de pasar por la cruz. Nos unimos a ti Señor en este tiempo de dolor y sufrimiento sabiendo que tu Luz resplandecerá de nuevo.

María, Salud de los enfermos, consoladora de los afligidos, únenos más a tu Hijo y entre nosotros.

Mn. Xavier Argelich

Con la ayuda amorosa de Dios y de la Virgen María

Ante el confinamiento obligado por la situación de emergencia provocada por la pandemia del Coronavirus, es bueno que sepamos afrontar este difícil momento con la esperanza y el optimismo que nos proporciona nuestra fe y confianza en Dios. El Arzobispo de Barcelona nos ha ayudado a fortalecer esa esperanza con sus palabras llenas de fe, recordándonos que Cristo nos acompaña y conforta en nuestros miedos, angustias, cansancio y en nuestro dolor. “Él nos ama y nos ayudará a salir de esta situación”. También el Papa Francisco nos anima a rezar y confiar en Dios con su petición de que con su mano pare esta pandemia. Ambos nos han indicado el camino, acudir a María. El Papa lo hizo ante la imagen de Santa María Salus Populi Romani; y el Arzobispo de Barcelona con esa indicación maravillosa de San Bernardo de Claraval: “Mira la Estrella, invoca a María”.

En este tiempo de Cuaresma tan especial, acudamos con fe, piedad y fervor a Santa María rogándole que obtenga de su Hijo la gracia del fin de esta epidemia y que conforte nuestros corazones atribulados y nos ayude a amar más a Dios y a ayudar con generosidad a los que tenemos más cercanos y con dificultades para subsistir. Me hace ilusión poderos decir que, durante estos días de confinamiento, hemos podido hacer llegar a todos los beneficiarios de la Acción Social de Montalegre los alimentos que precisan. Por las circunstancias ha habido que hacerlo sin los voluntarios habituales, pero con la ayuda de los vecinos y voluntarios del barrio se han podido repartir todos los lotes, que no son pocos. Gracias a todos y en especial a las personas que trabajan en la Acción Social Montalegre.

Recemos por los que sufren más directamente las consecuencias de esta enfermedad; pidamos por su curación, por los que les atienden y por sus familiares. Que todos, a la vez, nos ayudemos a crecer en la fe y a darnos cuenta que estamos en las manos de Dios y que como decía la santa de Ávila: “Sólo Dios basta”.

Serán días largos y complicados, pero si acudimos al Señor y a su Madre sabremos afrontarlos con el deseo de aprovecharlos para crecer en devoción y piedad, rezando con más calma y tiempo; busquemos la manera de aprovechar bien el día con actividades útiles y constructivas; ayudemos más en casa y fomentemos las virtudes que facilitan y hacen amable la convivencia familiar y vecinal. Y en todo momento podéis contar con el apoyo y la atención de los sacerdotes de Montalegre, con más facilidad los que vivís en el Raval, pero también todos los demás. Todos los días abrimos la Iglesia para que podáis acudir a rezar, a hablar, a buscar apoyo y a recibir el sacramento de la Penitencia. Todos los días celebramos la Eucaristía de modo privado, porque así lo ha establecido el Sr. Arzobispo, pero en la que estáis todos presentes y están todas vuestras intenciones y peticiones. Es una oración de toda la Iglesia que es llevada por manos de los Ángeles a la presencia de nuestro Padre Dios.

Todos los días, ante la Madre de Dios y Madre nuestra, bajo las advocaciones de Santa María de Montalegre y de la Virgen de la Medalla Milagrosa imploramos su maternal asistencia y protección para todos vosotros y para todo el mundo.

Mn. Xavier Argelich

Rector de Sta. M.ª de Montalegre

Meditar la Pasión del Señor

La cuaresma nos dispone y prepara para celebrar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es un camino hacia la Pascua que es el centro de gravedad de la historia del mundo, es un volver al Amor eterno, que se entrega a la muerte de cruz por nuestros pecados y resucita victorioso para darnos vida sobrenatural, vida en el espíritu.

En el tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos despierta de nuevo a la necesidad de renovar nuestro corazón y nuestras obras, de modo que descubramos cada vez más la centralidad del misterio pascual: Cristo nos ha salvado, nos ha liberado de las ataduras del demonio.

Desde joven sacerdote, San Josemaría animaba a meditar la Pasión del Señor, el misterio de nuestra redención, el amor de Dios por cada uno de nosotros que sufre lo insufrible para conseguirnos el perdón de nuestras ofensas; que ofrece su vida para que tengamos vida en Él; que se deja ultrajar para mostrarnos la fuerza de la caridad verdadera; que abre sus brazos en la cruz para abrazarnos a todos; que derrama hasta la última gota de su sangre para purificar nuestro corazón y nuestros sentimientos; que lleva la cruz a cuestas para fortalecer nuestra lucha diaria; que entrega su vida al Padre para elevarnos a la dignidad de hijas e hijos de Dios; y que resucita para llenarnos de esperanza y para que seamos testigos ante el mundo de su obra salvadora.

La meditación de la pasión nos llevará, en palabras del Papa Francisco, a mirar los brazos abiertos de Cristo crucificado y dejarse salvar una y otra vez por Él. Nos llevará a desear la conversión, a orar con más intensidad, a sacrificarnos personalmente para que Él viva en nosotros, a mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren. Nos llevará a confesar nuestros pecados y creer en su misericordia que nos libera de la culpa. Junto a la cruz siempre encontraremos a María.

Mn. Xavier Argelich