Al comenzar un nuevo año

Todo inicio de año supone un aliciente para renovar los buenos deseos de mejorar y no repetir los errores cometidos en el año que acabamos de dejar. Pero, a la vez, no podemos olvidar todo el camino recorrido hasta ahora con todas las cosas buenas realizadas. De ahí, que al empezar un nuevo año, hacemos un poco de balance del año anterior y damos gracias a Dios por tantas bondades recibidas, por nuestro trabajo bien realizado, por nuestros esfuerzos por ser mejores y porque también hemos sabido aprender de nuestros errores y hemos procurado corregirlos. También damos gracias a Dios porque nos ha ayudado siempre y nos ha perdonado siempre que hemos acudido a Él arrepentidos. Si miramos atrás sólo tendríamos que tener motivos para ser agradecidos a Dios y a tantas personas que nos rodean y nos quieren. Y así es como os animo a empezar este año.

Damos gracias y formulamos propósitos de seguir avanzando por el camino correcto, aquel que nos marca nuestro Señor Jesucristo. Enderecemos lo que haya que enderezar, reforcemos lo que haya que reforzar, emprendamos lo que todavía tenemos que emprender, mantengámonos firmes en nuestras convicciones acertadas y seamos constantes en nuestra vida cristiana, con deseos de acercarnos más y más a Dios. Que Él sea realmente el fin y el objeto de nuestra existencia. Para ello es importante tener una sólida formación y vivir con constancia aquellas prácticas de piedad que acostumbramos a vivir o que podemos empezar a vivir a partir de ahora.

Este año celebraremos el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II y, por este motivo, hemos organizado una peregrinación a Polonia a finales del verano próximo. Su vida y su magisterio como Papa es un estímulo para buscar enamorarnos más de Dios y de la Virgen, a través de los sacramentos y de las prácticas de piedad: ¡cómo oraba! ¡cómo rezaba el Rosario! ¡el Ángelus! y tantas otras manifestaciones de piedad de las que muchos hemos sido testigos y nos han servido para mantenernos seguros en el camino emprendido, el camino que conduce al encuentro definitivo con Dios. ¡Feliz Año Nuevo!

Mn. Xavier Argelich

Días de espera y esperanza

 Con el Adviento iniciamos un tiempo de espera; pero una espera que el Señor viene a convertir en esperanza. La experiencia nos muestra que nos pasamos la vida esperando: cuando somos niños queremos crecer; en la juventud aspiramos a un amor grande, que nos llene; cuando somos adultos buscamos la realización en la profesión; cuando llegamos a la edad avanzada aspiramos al merecido descanso. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, o también cuando naufragan, percibimos que esto, en realidad, no lo era todo. Necesitamos una esperanza que vaya más allá de lo que podemos imaginar, que nos sorprenda. Así, aunque existen esperanzas más o menos pequeñas que día a día nos mantienen en camino, en realidad, sin la gran esperanza -la que nace de la Fe en Dios y de su Amor a los hombres – todas las demás son insuficientes.

Como dice el Papa Francisco: “El tiempo de Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. Una esperanza que no decepciona, sencillamente porque el Señor no decepciona jamás”. Nuestro tiempo presente tiene un sentido porque el Mesías, esperado durante siglos, nace en Belén. Al venir Cristo entre nosotros, nos ofrece el don de su amor y de su salvación. Para los cristianos la esperanza está animada por una certeza: el Señor está presente a lo largo de toda nuestra vida, en el trabajo y en los afanes cotidianos; nos acompaña y un día enjugará también nuestras lágrimas.

Recorramos estas semanas con esa espera atenta y alegre, y, a la vez, llena de esperanza, contagiándola a los demás y de manera especial a los jóvenes, a quienes les puede faltar razones para esperar. El Niño Jesús, María y José nos esperan en Belén. ¡Ahí queremos llegar con toda la familia! ¡Feliz Navidad!

Mn. Xavier Argelich

EL HERMOSO SIGNO DEL PESEBRE

Carta apostólica Admirabile signum del Santo Padre Francisco sobre el significado y el valor del Belén, 01.12.2019

 

CARTA APOSTÓLICA EL HERMOSO SIGNO DEL PESEBRE DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE EL SIGNIFICADO Y EL VALOR DEL BELÉN

1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén. El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium.

El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4). En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén. Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1]. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2].

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3].

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz. Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido. Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan…, todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia. No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad. Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

 

FRANCISCO

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

 

[1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468.

[2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.

Carta Apostólica del Papa Francisco sobre el Pesebre

Las actividades apostólicas en Montalegre

En el mes de noviembre pasado se cumplían cien años de la carta apostólica sobre la Propagación de la Fe Católica del santo padre Benedicto XV. Para esta conmemoración, el Papa Francisco había declarado el mes de octubre de 2019 como el Mes Misionero Extraordinario. Con este empuje las parroquias y las iglesias adheridas a ellas, han iniciado un nuevo curso con las actividades que se hayan concretado por el equipo rector según las necesidades de los fieles, pero con un renovado espíritu apostólico.

Se parte del principio básico de que Todos Somos Misioneros, y no porque estemos incardinados en una orden o congregación religiosa, sino porque hemos sido bautizados y ahora enviados como apóstoles de nuestra fe.

Con esta premisa, todas las actividades que la Iglesia de Santa María de Montalegre desarrolla, se encaminan a propagar la fe católica. Son actividades de culto, oración, meditación, formativas, culturales y de comunicación.

  1. Además de las habituales actividades de culto (misas), siempre que la iglesia está abierta hay sacerdotes confesando.
  2. La Exposición y Adoración del Santísimo se mantiene todos los jueves después de la misa de les 18h. hasta las 19.30h. y los primeros viernes de mes hasta les 19h.
  3. También se mantiene la actividad de los retiros mensuales: Para hombres, segundo martes y segundo jueves. Para mujeres, tercer domingo y tercer martes.
  4. En el mes de setiembre se abrió la inscripción para las catequesis de Primera Comunión, Confirmación y Adultos, y funcionan desde el mes de octubre.
  5. Los cursos Prematrimoniales se celebran de tres o cuatro veces al año, según el número de parejas inscritas con fecha fija de boda.
  6. Se inició el pasado año el Grupo de Oración para jóvenes que se reúne los viernes o los sábados a última hora de la tarde. Este grupo, a su vez, para este curso, ya ha realizado dos sesiones de Cine Fórum, con pase de película y coloquio sobre un tema eje en cada sesión.
  7. Y como viene siendo habitual, se organizan peregrinaciones a diversos santuarios de la Virgen Santísima u otros destinos como Tierra Santa o la visita al Templo de la Sagrada Familia que habremos realizado en 2019.
  8. Para el año 2020 tenemos prevista y organizada la PEREGRINACIÓN A POLONIA, siguiendo los pasos de San Juan Pablo II, en el Año del Centenario de su nacimiento. La inscripción está abierta. Se puede contactar con RUTH TRAVEL, tel. 934673244.
  9. Además del culto diario, cada mes tiene sus celebraciones eucarísticas especiales, entre otras: Aniversarios de la Obra, de San Josemaría, de José María Hernández Garnica; fiestas y solemnidades de la Virgen Santísima. También de la Hermandad de la Virgen de la Puerta. Así como bodas, primeras comuniones, confirmaciones y bautizos.
  10. El domingo anterior, al inicio del Año Litúrgico, celebramos el Primer Domingo de Adviento, un tiempo de espera y sobriedad para celebrar con júbilo la semana de la Navidad.
  11. En relación a la Comunicación, de todo ello se informa en esta web de Montalegre y en las hojas informativas que cada mes se editan y se disponen en el mueblecito que está en la nave central, y que igualmente está disponible en la web.
  12. Por último, podemos detenernos en la contemplación plácida de las obras de arte del templo de Montalegre, y sus capillas de la Virgen de la Medalla Milagrosa y del Santísimo Sacramento, sin olvidar la imagen de San Josemaría, esculpida por Etsuro Soto, ubicada en la zona de los confesionarios. Como decía San Basilio (años 330-379): Lo que las palabras dicen al oído, el arte lo muestra en silencio.

Isabel Hernández Esteban

Dios es un Dios de vivos

Estamos inmersos en una sociedad que avanza sin rumbo claro y que da la impresión que se mueve al vaivén de los gustos y deseos del momento. Se ha olvidado de Dios y por lo tanto piensa que todo vale, que la felicidad está en dar gusto a lo que me apetece. De esta manera se han ido introduciendo toda una serie de actitudes e ideologías, incluso con respaldo legal, que están instaurando la llamada cultura de la muerte. Cultura que, paradójicamente, tiene horror a la muerte física y busca la manera de evitarla, pero, a la vez, no tiene reparo en propugnar y favorecer el aborto y la eutanasia, ni tiene en cuenta la vida espiritual del ser humano. El hombre y la mujer ya no saben quiénes son. Han apartado a Dios del mundo y éste ha entrado en una oscuridad profunda, de la que sólo podrá salir si los cristianos somos capaces de iluminarlo con nuestra fe hecha vida.

Necesitamos recordar de nuevo que Cristo nos llama a la vida, a una vida nueva que empieza con el bautismo y culmina en la vida eterna. Dios nos ha creado para vivir y, cuando por nuestra desobediencia se introdujo la muerte en el mundo, vino a rescatarnos para darnos la vida eterna y llenarnos de esperanza con la resurrección de la carne. Al recordar este mes de manera especial a nuestros seres queridos ya difuntos, la Iglesia nos invita a considerar las verdades eternas y la necesidad de buscar la santidad personal para alcanzar la visión beatífica y poder vivir y gozar de Dios eternamente, porque tal como nos lo enseñó Nuestro Señor Jesucristo Dios no es un Dios de muertos sino de vivos (cfr. S. Mt. 22, 32). Él nos da la vida, nos la mantiene y desea que vivamos con Él para siempre.

Al considerar el más allá nos llenaremos de grandes deseos de fomentar a nuestro alrededor la auténtica cultura de la vida, aquella que tiene como centro a Dios y que su Hijo nos ha enseñado a vivir. La vida de Cristo es la vida del cristiano y es vida para todos aquellos que la abrazan. Dar a conocer a Jesucristo es dar vida a los demás.

Mn. Xavier Argelich