La visita del Papa nos invitaba a alzar la mirada. Ahora, al comenzar julio, queremos continuar ese mismo camino. Levantar la mirada no es evadirse de la realidad, sino contemplarla con esperanza, sabiendo que el Señor sigue actuando en el mundo y en nuestro corazón.
La reciente visita del papa León XIV ha sido una ocasión providencial para renovar esta convicción. En sus encuentros con los fieles, con los jóvenes, con las familias y con tantas personas que sufren diversas formas de fragilidad, el Santo Padre nos ha recordado que la Iglesia está llamada a ser una presencia cercana, capaz de escuchar, de acompañar y de ofrecer siempre la alegría del Evangelio.
En varios momentos de su viaje insistió en la necesidad de no dejarnos vencer por el desaliento. También nuestra sociedad experimenta incertidumbres, divisiones y no pocas heridas. Sin embargo, el cristiano sabe que la esperanza no nace del optimismo humano, sino de la certeza de que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Por eso podemos mirar al futuro con confianza y trabajar cada día por sembrar reconciliación, justicia y paz.
Especialmente significativa ha sido su invitación a vivir una fe que se traduzca en obras concretas de caridad. La vida del cristiano encuentra ahí una de sus expresiones más auténticas: en el cuidado de quienes viven solos, en la acogida de quien llega buscando una oportunidad, en la cercanía a los enfermos y en la educación cristiana de niños y jóvenes. Son gestos sencillos que, realizados con amor, hacen visible el rostro misericordioso de Dios.
El tiempo del verano ofrece además una oportunidad privilegiada para recuperar espacios de silencio, de oración y de convivencia familiar. Todos podemos encontrar momentos para renovar nuestra amistad con el Señor, participar con mayor serenidad en la Eucaristía, abrir un buen libro espiritual o dedicar un tiempo generoso a quienes más nos necesitan.
Continuemos, pues, alzando la mirada. Que no se quede fija únicamente en nuestras preocupaciones inmediatas, sino que se dirija hacia Cristo, que camina siempre con nosotros. Bajo la protección de la Santísima Virgen María, pidamos la gracia de ser, en medio de nuestra ciudad, testigos sencillos y alegres de esa esperanza que nunca defrauda.
Mn. Xavier Argelich


