Como vimos el mes pasado, san Josemaría se trasladó a Madrid para seguir con los estudios civiles de Derecho y realizar el doctorado. Allí, fue nombrado capellán de la iglesia del Patronato de Enfermos, sede central de la Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús, una congregación religiosa que se dedica a obras sociales. De esta manera, inició una intensa actividad pastoral entre los más necesitados, atendiendo a los pobres y enfermos de los barrios más desfavorecidos de la capital.
Desde el Patronato de enfermos se dirigían escuelas, comedores sociales, centros sanitarios, capillas y catequesis. San Josemaría, con la generosidad y energía propias de su carácter, se entregó con intensidad a la atención sacerdotal de estas labores. Impartía catequesis a los niños y adultos, confesaba sin parar a pobres y enfermos y visitaba a aquellos enfermos que no podían asistir físicamente a la sede del Patronato, iba a sus casas o a los hospitales, recorriendo a pie los grandes trayectos. Entre todas sus “idas y venidas”, san Josemaría continuaba pidiendo a Dios que le mostrara aquello que quería de él.
Los enfermos y pobres que atendía sacerdotalmente lo esperaban con ansias ya que les transmitía una gran paz y les ayudaba a vivir sus circunstancias con gran visión y esperanza sobrenaturales. Al verlo se alegraban y deseaban hablar con él y escuchar sus consejos. Un ejemplo de ello es este relato personal: «Recuerdo que una vez se estaba muriendo un chico joven, de veinte o veintiún años, en un auténtico cuchitril miserable. Le administré los sacramentos, y cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió, y se me escapó decirle, y él lo entendió: “¡te tengo envidia!” Envidiaba su dolor, su desamparo, y la alegría que Dios le daba».
San Josemaría siempre recordó esos años transcurridos entre los más necesitados de las barriadas pobres de Madrid. Tanto es así que solía decir que “el Opus Dei nació entre los pobres de los barrios y hospitales de Madrid”.
Mn. Xavier Argelich


