Me confieso de arrepentirme

Por Josepmaria Pastor Muñoz
tomado de Temes d’Avui

Es asombroso el impacto de la confesión en los niños. Me refiero al sacramento de la penitencia, al “confesarse de los pecados”. Un acto tan sencillo como el pedir perdón a Dios a través del sacerdote logra alcanzar las fibras más profundas del corazón. Incluso personas que se han confesado una sola vez, antes de recibir la primera comunión, no logran olvidar ese momento, aunque sea para ridiculizarlo. Hace unos días leía un artículo que reflejaba esta situación.

Se confesó –venía a decir su autor– porque debía recibir la primera comunión; porque luego recibirían los típicos regalos; porque, además, harían una gran fiesta… La razón de su confesión era siempre malévola, interesada y, en ningún caso, por arrepentimiento. No se acordaba de los pecados que dijo al confesor y, si no se los inventó –pues le parece muy difícil que un niño cometa pecados– es porque mentir en la confesión, eso sí que sería un tremendo pecado. Su autor se recordaba a sí mismo como un niño sin fe, pragmático y calculador. Y ahora, que ha alcanzado la madurez, parece que intenta excusarse de aquella confesión de su infancia; sólo le faltaba declarar: “Yo confieso ante el lector de que, cuando me confesé, lo hice sin mala intención, no sabía lo que hacía, sólo quería conseguir el primer reloj de mi vida, no tenía ningún pecado, yo no quería… pero me obligaron”.

Dios le ofrecía, al refugio de un viejo confesionario, el perdón de sus pecados de niño. Pero ahora, prefiere la absolución del lector de la columna de un periódico.

Hace unos cuantos años confesaba en la capilla de un colegio. Cuatro niñas de siete u ocho años jugaban en los alrededores de la capilla. Aguardaban, a su manera, que les llegara el turno de confesión. Les animé a entrar en la capilla para hacer con Jesús el examen de conciencia. Mientras hablaba, las observaba atentamente para comprobar que entendían mi explicación, cuando una de ellas me interrumpió: “Yo siempre tengo delante mis pecados”.

Así piensan muchos niños. Quizás, así pensaba aquel niño que ahora dice que sólo soñaba con un reloj y que en su madurez se arrepiente de haberse arrepentido. No se da cuenta de que el tiempo que marcaba el reloj de su primera comunión, no puede volverse atrás, por más que renunciemos a nuestro pasado. No quiere reconocer lo evidente: todos somos pecadores, todos hemos de pedir perdón. Si se ha de pedir perdón al sacerdote, al psiquiatra o al lector, eso es cuestión de fe. El problema, entonces, será: ¿Quién de los tres me podrá, verdaderamente, perdonar?

Josepmaria Pastor Muñoz

Las mujeres en primera línea de la Iglesia

Por Remedios Falaguera
tomado de Temes d’Avui

Como mujer, católica y, por qué no decirlo, feminista, (entendiendo por ello, una defensa del hombre y la mujer, iguales en dignidad y derechos –por el hecho de ser creados por Dios a su imagen y semejanza–, pero con el enriquecimiento de sus naturalezas diferentes, que les hace ser, no uno mejor que otro, sino complementarios), me atrevo a reivindicar el papel fundamental que juega la mujer no sólo en la Iglesia, sino en la familia, la cultura, la educación, el trabajo profesional, en definitiva, en la sociedad en general.

Por esta razón, afirmo sin ningún rubor que no necesito “figurar” en un cargo eclesiástico para evidenciar mis cualidades femeninas con las que “saber hacer” un mundo más humano. Ni mucho menos. Sabedora de que en la la iglesia de Jesucristo, somos todos iguales, pero cada uno de sus miembros tiene su función y sus competencias, me sorprende cómo todavía hay quien arremete contra la Iglesia por no aceptar la ordenación de mujeres.

Reconozco que es un tema complicado y no pretendo hacer una disquisición de la tradición litúrgica y teológica acerca del papel de la mujer en la Iglesia del S. XXI. Para ello hay muchos teólogos que son especialistas en interpretar la Revelación y tutelar la doctrina de la Iglesia como servidores de los hombres.

Más aún, si alguno de ustedes desea profundizar en el tema, les puedo aconsejar la lectura del Código de Derecho Canónico de 1983, la Declaración Inter insigniores, el Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, la Mulieris dignitatem, o más concretamente la Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis de Juan Pablo II,en la que podemos leer: “Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.”

No obstante, el hecho de que el sacerdocio por voluntad de Jesucristo sea un sacramento que lo reciben los hombres no es, ni muchísimo menos, un signo de discriminación de la mujer en su participación en la Iglesia , o que la jerarquía no reconozca, rechace o margine sus dones y habilidades, e incluso, que sólo “se sirva” de las feligresas para realizar pequeños servicios materiales, como reparar un radiador que gotea, colocar flores frescas en el altar, o limpiar los despachos parroquiales después de la catequesis.

Es cierto que, considerando la importancia que Jesucristo daba a la mujer, una novedad revolucionaria para sus tiempos que rompió todos los moldes de la época, podría haber elegido a una mujer de gran valía humana y moral para realizar actividades de responsabilidad en la Iglesia. Pero, por motivos que solo Él conoce, no lo hizo. ¿La razón? No tengo ni idea. Sólo sé que Cristo quiso que la Iglesia fuese como es. Y, sus hijos, que vivimos de la fe en el mensaje que nos dirigió y de fidelidad a Su Iglesia, debemos grabarnos a fuego en el corazón que “la fidelidad a Cristo implica, pues, la fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al Magisterio de la Iglesia” (Juan Pablo II a los profesores de teología en Salamanca en noviembre de 1982).

Es Él quien llama y elige. La iniciativa viene de lo alto. Por lo tanto, ¿Quiénes somos nosotros para distorsionar esta llamada?

¿Tan difícil resulta comprender que “la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”?

¿O que el sacerdocio es un sacramento, y como tal, Dios decidió que “la ordenación sacerdotal, mediante la cual se transmite la función, confiada por Cristo a sus Apóstoles, de enseñar, santificar y regir a los fieles, desde el principio ha sido reservada siempre en la Iglesia católica exclusivamente a los hombres”, como señala la Carta apostólica Ordinatio sacerdotalis de Juan Pablo II?

Por lo tanto, dejémonos de bobadas. A pesar de que muchas mujeres son conscientes de su valía personal y humana para realizar “casi” todas las actividades de gobierno, gestión y evangelización reservada a los sacerdotes, no significa que la Iglesia se deje llevar por un machismo rancio y trasnochado excluyéndolas de ese servicio, ni que las considere menores en dignidad y en valía. “Porque Él conduce a su Iglesia, de generación en generación, sirviéndose indistintamente de hombres y mujeres, que saben hacer fecunda su fe y su bautismo para el bien de todo el Cuerpo eclesial para mayor gloria de Dios”, dice Benedicto XVI. Y añade, no podemos confundir “los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios”. Al contrario. Nunca como hasta ahora, las mujeres han jugado un papel tan necesario e insustituible en la vida de la Iglesia.

Es más, estas palabras me recuerdan a la Madre Teresa de Calcuta, a la que le gustaba decir: “Yo soy el lápiz de Dios. Un trozo de lápiz con el cual Él escribe aquello que quiere. Soy como un pequeño lápiz en su mano. Eso es todo. Él piensa. Él escribe. El lápiz no tiene que hacer nada. Al lápiz solo se le permite ser usado.”

Todo depende de Él. Nosotros, hombres y mujeres, somos meros instrumentos en sus manos, pequeños lápices, dispuestos a dejarse manejar para realizar esta locura de Amor.

Remedios Falaguera

Terremotos y maremotos; ¿son señales del fin del mundo?

Por Enrique Cases
Tomado de Temes d’Avui

Los medios de comunicación recogen con sorpresa la acumulación de desgracias naturales que siembran muerte y destrucción. Terremoto en Haití. Terremoto, maremoto y tsunami en Chile. Inundaciones en Perú. Ochenta barcos atrapados por el hielo en el Báltico. Ola gigante siembra muerte en el tranquilo mar Mediterráneo. La contemporaneidad de los hechos mueve la curiosidad e intenta explicarlos. Alguno pensará en los signos profetizados para los últimos tiempos a los que se puede añadir una extensa apostasía en los países más cristianos, el aumento extraordinario del aborto y la eutanasia que son un cumplimiento de la profecía recogida por Marcos: “el hermano entregará al hermano, y el padre al hijo y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir” (Mc 13,12).

Vale la pena recoger los textos que hablan de los signos del fin de los tiempos para despertar la vigilancia y saber entender los signos de los tiempos. Veamos primero a Mateo que es el más extenso tratando el tema. “En cuanto a aquel día y a aquella hora, nadie la conoce: ni los ángeles, ni el Hijo, sino sólo el Padre”; cosa comprensible pues el temor, el desaliento, el cansancio, o la despreocupación podrían hacer mella en los hombres y conviene que cada uno luche en el presente. Respecto al final absoluto queda claro que se trata de un Juicio lleno de verdad: “Y cuando venga el Hijo del hombre en su majestad y todos los ángeles con Él, entonces se sentará sobre el trono de Su Majestad, y serán congregadas delante de El todas las gentes, y los apartará los unos de los otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos”.

Estas revelaciones son importantes pues muestran que existe un final de la historia y un cumplimiento cabal de la sabiduría divina sea cual sea la respuesta humana, pero importa menos para la persona individual, ya que cada uno al morir es juzgado según sus obras; los justos van al Cielo, los pecadores al infierno, y aquellos que están en gracia pero tienen pecados veniales o imperfecciones por purificar van al Purgatorio, según nos enseña la doctrina cierta de la Iglesia. Lo más novedoso son los signos que precederán al momento final, inicio de la consumación y del tiempo de prueba para la Humanidad entera. Eso es lo que reveló Jesús a los suyos contemplando aquel Templo que sería destruido al poco tiempo por la incredulidad de muchos.

Las palabras del Señor sobre lo que acaecerá en los últimos tiempos se van mezclando con lo que sucederá al Templo y al Israel incrédulo, y, en cierta manera, sucederá siempre a la Iglesia a lo largo de los siglos. Muchas veces se ha visto lo sucedido a Jerusalén como un preludio de lo que puede suceder a la humanidad si no se da una suficiente fidelidad a Dios. Veamos lo fundamental de las palabras del Señor.

Lo primero es el engaño, las guerras y las catástrofes naturales. Así lo enuncia uno de los evangelistas: “mirad que nadie os engañe. Muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Yo soy´, y engañarán a muchos. Cuando oigáis que hay guerras y rumores de guerras, no tengáis miedo. Es preciso que esto suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos sitios, habrá hambres”. Muchos han visto en estas palabras lo que sucedió antes del año 70 en que fue destruida Jerusalén. Es notorio que también han sucedido muchas cosas similares a lo largo de la historia, pero parece que serán más intensas estas pruebas antes del fin definitivo, pues es sólo “el comienzo de los dolores”. Quedémonos con los consejos de Jesús para estas pruebas: “No tener miedo”, “No dejarse engañar”, “Prepararse para la batalla de la fe”.

La segunda serie de señales es la aparición de persecuciones similares a las que padeció Cristo. Con estas revelaciones les previene contra la tentación de pensar que el suyo será un triunfo fácil. Mateo lo escribe así: “Entonces os entregarán a los tormentos, y os matarán, y por mí seréis odiados de todos los pueblos. Muchos desfallecerán y unos a otros se traicionarán y se odiarán mutuamente. Surgirán muchos falsos profetas y con el crecer de la maldad se enfriará la caridad de muchos”, realidades fuertes que sólo atempera la insinuación de San Pablo sobre la conversión de los judíos. Ante el posible temor producido por estos descubrimientos les consuela diciendo que tendrán una ayuda especial del Espíritu Santo para perseverar: “El que persevere hasta el fin, ese se salvará”, es más, “No se perderá ni un cabello de vuestra cabeza”, pero necesitan paciencia.

Las señales de la ruina de Jerusalén también son aplicables al fin del mundo, se trata de la “abominación de la desolación”. Con esta expresión el profeta Daniel señala una idolatría enorme, algo así como la profanación del Templo de Dios realizada por Antíoco al colocar un ídolo allí; o bien ocupar el lugar más sagrado de una manera sacrílega y llena de un sorprendente poder. Las palabras “donde no debiera estar”, citadas por Marcos, quizá anuncian un poder humano que intentará suplantar el poder divino en la tierra que ejerce la Iglesia. El consejo del Señor para esta situación es rezar: “Orad para que no suceda en invierno”, expresión que quizá quiere decir con pocos frutos, aunque la oración de los justos acortará el tiempo de prueba. “Habrá en aquellos días tal tribulación cual no la ha habido desde que Dios creó hasta ahora, ni la habrá. Y si el Señor no acortase aquellos días, nadie se salvaría. En atención a los elegidos se abreviará”. Estas señales ya son más directamente aplicables al fin de los tiempos.

La tercera serie de señales es la aparición de falsos Cristos y falsos profetas, capaces de hacer prodigios y “de engañar si fuera posible a los elegidos”, dice el Señor. San Pablo añade que vendrá “una gran apostasía”, unida a la aparición de “un anticristo” al que llama “hijo de la perdición que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse a sí mismo Dios”.

La destrucción de Jerusalén fue escenario de lo esencial de estas señales, las cuales son signos de lo que sucede ahora y lo que sucederá al final en un grado máximo. Jesús ilustrará su revelación del futuro con algunas palabras como la de la higuera estéril, las vírgenes, los talentos, para exhortar a la vigilancia: “estad alerta, vigilad; porque no sabéis cuando vendrá este tiempo”, pues “no sabéis ni el día ni la hora”; e incluso les previene de una insensata confianza como la que se dio antes del diluvio universal “se comía, se bebía, tomaban mujer y marido, hasta el día que Noé entró en el arca”.

El final de la exposición de Jesús sobre aquellos hechos fue sorprendente, pues dijo: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se obscurecerá y la luna no dará su resplandor y las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre, y en ese momento todas las tribus de la tierra prorrumpirán en llantos. Y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. Y enviará a sus ángeles que, con trompeta clamorosa, reunirán a sus elegidos desde los cuatro vientos, de un extremo a otro de los cielos”. Realmente es el dies irae del que habla San Pablo: día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual retribuirá a cada uno según sus obras: la vida eterna para quienes, mediante la perseverancia en el bien obrar, buscan gloria, honor e incorrupción; y la ira y la indignación, en cambio, para quienes, con contumacia, no sólo se rebelan contra la verdad, sino que obedecen a la injusticia”

Si a estos signos unimos el cumplimiento de la profecía de la vuelta a Jerusalén de las doce tribus dispersas por el mundo, como ocurrió en 1948, conviene que la vigilancia serena para perseverar ha de encontrarse bien purificada.

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Me gustaría terminar con algunas breves consideraciones: primeramente decir que señales como las mencionadas anteriormente las ha habido a lo largo de la historia. No son definitivas –”el día y la hora nadie lo sabe”– sino que son signos que nos han de mover a la vigilancia y a la conversión. En segundo lugar que si estos signos nos muestran la justicia de Dios, nunca podemos olvidar que en Dios la justicia se da unida a la misericordia: estos hechos son llamadas que nos tienen que llevar a seguir el camino del hijo pródigo, a volver hacia la casa del Padre. Y en tercer lugar que los cristianos hemos de vivir siempre de esperanza, virtud que nos dice que, después de una purificación, nos aguarda el abrazo de Dios Padre en la vida eterna.

Enrique Cases