La celebración anual de Todos los Santos, cada primero de noviembre, nos recuerda que todos podemos alcanzar la santidad y que todos estamos llamados a ser santos.
En este contexto, nos puede ayudar, tal como vimos el mes pasado al recordar la luz fundacional que recibió san Josemaría, unas palabras suyas: «Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres».
La gran mayoría de los santos han sido y son hombres y mujeres corrientes, padres y madres de familia, jóvenes y menos jóvenes, religiosos y laicos que han vivido su vida cristiana en medio de sus ocupaciones habituales, descubriendo ese “algo divino” que encierran todas las actividades buenas de los hombres. Este mes, la Iglesia nos anima a poner la mirada en esos santos que no han sido declarados por la Iglesia como tales, pero que engloban la gran multitud de los que gozan ya del cielo. Y esa es, precisamente, la luz que recibió san Josemaría: Todos llamados a ser santos.
Es la santidad que se alcanza con la gracia de Dios y el empeño personal por parecerse cada vez más a Cristo. Es la santidad a la que se llega con la perseverancia en el esfuerzo por crecer en el amor a Dios día tras día. Con una vida sacramental intensa, con un trabajo u ocupación habitual también intenso y bien hecho, procurando vivir la caridad cristiana con todos, empezando por los más cercanos y con una vida de oración cada vez más personal y enraizada en la Palabra de Dios. Es así, como vamos adquiriendo las virtudes humanas y creciendo en las sobrenaturales. Es decir, así vamos creciendo poco a poco en el amor a Dios, dejando que el Espíritu Santo realice su obra de santificación en nosotros.
El ejemplo de tantos santos, la intercesión del santo de lo ordinario como es conocido san Josemaría y nuestros sufragios por las almas del purgatorio nos ayudarán a recorrer el camino al centenario del Opus Dei con un renovado afán de santidad personal.
Mn. Xavier Argelich

