El pasado 1 de marzo en el diario ABC se publicó la seguiente carta de Javier Echevaría Prelado del Opus Dei:

“No os dejaré huérfanos” (Jn 14,18), dijo Cristo a los apóstoles: les prometió que les enviaría el Espíritu Santo, que a su vez les haría más plenamente hijos de Dios Padre. No os dejaré huérfanos: son estas las palabras que me vienen al alma mientras se acaba un pontificado.Benedicto XVI no nos deja huérfanos, porque sigue vivo su magisterio, porque nos acompañará con su oración y con su afecto paterno, porque cada día se hace más fuerte su figura de buen pastor y, finalmente, porque el Espíritu Santo seguirá guiando a su Iglesia con un nuevo romano pontífice.

El rico magisterio de Benedicto XVI manifiesta su extraordinaria capacidad de conjugar verdades profundas con palabras sencillas. Ha aprovechado el aparente “eclipse de Dios” para invitarnos a redescubrir el sentido de Dios, Creador y Redentor, que actúa siempre en nuestro mundo.

Nos ha recordado con fuerza la esencia amorosa de Dios y, por consiguiente, la razón de ser del hombre y su camino, que, en este Año de la fe, encuentra una referencia segura en el Catecismo de la Iglesia católica y en su compendio, frutos del Concilio Vaticano II en los que el cardenal Ratzinger jugó un papel fundamental. El catecismo de la Iglesia católica nos invita a contemplar y vivir la Iglesia como comunión de los santos, donde ningún bautizado se siente extranjero y donde se aprende a ejercitar la caridad en la verdad.

En su homilía de inauguración del ministerio petrino, Benedicto XVI nos invitó a caminar hacia la amistad íntima con el Hijo de Dios, de la que todo depende. Dios habla y responde a nuestras cuestiones: no se desinteresa de nosotros. Recuerdo cómo, con ocasión de la canonización de san Josemaría, el entonces cardenal Ratzinger glosaba la expresión “Opus Dei”, Obra de Dios: el sentido profundo de esas palabras consistía en dejar actuar a Dios, porque la vida del cristiano se traduce principalmente en ese querer que la gracia y la caridad de Cristo operen en su propia existencia.

Así, cobra también relieve su reflexión sobre el espíritu de la liturgia que, al expresar la conexión íntima de la palabra con el pan eucarístico, añade la dimensión esencial de adoración, y resuelve por elevación tantos debates. La participación del cristiano en la Eucaristía es, antes que nada, interior, pues en la liturgia Dios toma la iniciativa: lo que vivimos en la misa es performativo, siempre nuevo, porque allí Cristo nos transforma.

Al final de un día de trabajo agotador, un cercano colaborador invitó a Juan Pablo II a no excederse. “Después de un papa, viene otro”, fue su respuesta. Por eso, también ahora estamos serenos y, llenos de esperanza, en las manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra: la sede de Pedro será siempre principio y fundamento de la unidad de la Iglesia, y firme punto de referencia para el mundo. El papa ha tomado una decisión libre, deliberada en la oración, para el bien de la Iglesia; por eso, hemos recibido esta pena con actitud cariñosamente filial y respetuosa. El mismo Benedicto XVI nos ha asegurado que continuará ayudándonos con su oración: una plegaria en la que todos los hijos e hijas de la Iglesia podremos descansar confiadamente, como en los años de su pontificado.

Doy gracias a Dios por las diversas oportunidades en las que Benedicto XVI me recibió, como prelado del Opus Dei. Me conmueve ahora pensar en su sencillez y disponibilidad, en su acogida bondadosa, en su capacidad de escucha, en su interés por las noticias sobre la expansión apostólica de la prelatura. He palpado su atención, como auténtico profesor universitario que era, cuando se le hablaba de alguna iniciativa de carácter más intelectual o del trabajo al servicio de los enfermos terminales o de otras personas que se encuentran en dificultad.

Como puede observarse en los reportajes televisivos de sus audiencias, el papa no dudaba en tomar paternalmente, entre sus manos, la de su interlocutor, transmitiendo ánimo con cariño y aliento, con gestos atentos y pacientes: sí, es un verdadero padre, que vibra con la labor de evangelización que tantos cristianos realizan en todas las latitudes.

Hay otras palabras de Cristo que vienen espontáneamente a mi memoria: “Ahora os entristecéis”, dice Jesús al confortar a los que va a dejar, pero les profetiza: “Se os alegrará el corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn. 16, 22). Secundando la invitación de Benedicto XVI en su ángelus del 17 de febrero, rezamos ya por el próximo papa. ¿Sentirnos huérfanos? ¡No! El Espíritu Santo actúa en este tiempo de la Iglesia. Otro Pedro vendrá, con sus redes en la espalda, nuevo obispo de Roma y nuevo padre para la familia de los hijos de Dios.

Y al papa Benedicto XVI, que ahora pasa el timón de la barca del pescador de Galilea a su sucesor, le decimos de todo corazón: ¡Gracias, santo padre, perdón por nuestras faltas de correspondencia a sus silbidos de buen pastor, y le rogamos que no cese de ayudar a todo el pueblo de Dios con la fecundidad de su pensamiento y de su oración!

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