En nuestro caminar hacia el centenario de la Fundación del Opus Dei hemos empezado, el mes pasado, a conocer a su Fundador, san Josemaría Escrivá, el instrumento escogido por Dios para proclamar al mundo entero la llamada universal a la santidad. Como vimos, nació en una familia cristiana en la ciudad de Barbastro, Huesca. Ahí transcurrió su niñez y adolescencia. Al recordar esos años solía emplear una expresión que nos puede ayudar a conocer más su personalidad y su gran humanidad. Solía recordar esa época como: “aquellos días blancos de mi niñez”.
Dejemos que nuestro protagonista nos lo relate: “recuerdo aquellos blancos días de mi niñez: la catedral, tan fea al exterior y tan hermosa por dentro… como el corazón de aquella tierra, bueno, cristiano y leal, oculto tras la brusquedad del carácter baturro. Luego, en medio de una capilla lateral, se alzaba el túmulo donde la imagen yacente de Nuestra Señora descansaba… Pasaba el pueblo, con respeto, besando los pies a la Virgen de la Cama… Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. (Apuntes Íntimos, núm. 228 y 229).”
Sus padres le enseñaron a rezar y a practicar las obras de misericordia. Los testimonios le describen como un niño de carácter abierto y aficionado a la lectura. Tal como él mismo nos cuenta sus padres lo educaron “dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana (…) Todo normal, todo corriente, y pasaban los años”.
Era un chico normal que iba creciendo con una sólida educación humana y cristiana, con el afecto y amor de sus padres, sabiendo afrontar las dificultades con sentido sobrenatural, especialmente la dolorosa y repentina muerte de tres hermanas de corta edad. El Señor iba preparando su instrumento como hace con todos para que llevemos a Cristo al mundo entero.
Mn. Xavier Argelich

