Empezamos un curso bien distinto a todos los anteriormente vividos. Por eso, me parece que es el momento de preguntarnos qué espera Dios de nosotros en estas circunstancias. Seguramente ya nos lo hemos preguntado varias veces en los últimos meses. Cada uno habrá ido o irá encontrando la respuesta adecuada si la plantea en la presencia de Dios, si sabemos fijar nuestra mirada en Él.

En la intimidad de nuestro corazón oiremos su respuesta y obtendremos la fuerza interior suficiente para aceptarla y secundarla. Procuremos iniciar el curso manteniendo esa mirada en Dios y descubriremos poco a poco que Dios espera de sus hijos que confiemos plenamente en Él y que sepamos aprovechar estos momentos para dar testimonio de la verdad que sólo Él contiene.

Si tenemos la mirada puesta en Dios nos será fácil recurrir a Él en todo momento, desde el inicio del día. Sabremos poner todos nuestros afanes, ilusiones y dificultades en su mano. Procuraremos trabajar y hacer todas las demás tareas habituales buscando el amor de Dios y el servicio a los demás. Para conseguirlo será necesario que seamos más piadosos, que cuidemos las prácticas de piedad que la Iglesia ha propuesto siempre. Si somos rezadores y sacrificados encontraremos la respuesta a tantos interrogantes que se nos plantean en el momento actual. Sabremos ayudar a los demás a vivir cara a Dios, descubriendo su rostro y su mirada en todo lo que hacemos, pensamos y decimos.

La manera de superar el mal físico o moral es a través de la oración y la mortificación. La manera de no caer, en estos momentos, en la injusticia, en el egoísmo y en el pesimismo es rezando y acudiendo a las fuentes de la gracia, especialmente la Eucaristía, donde se hace más visible la mirada de Dios.

Mn. Xavier Argelich

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