Con el Adviento iniciamos un tiempo de espera; pero una espera que el Señor viene a convertir en esperanza. La experiencia nos muestra que nos pasamos la vida esperando: cuando somos niños queremos crecer; en la juventud aspiramos a un amor grande, que nos llene; cuando somos adultos buscamos la realización en la profesión; cuando llegamos a la edad avanzada aspiramos al merecido descanso. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, o también cuando naufragan, percibimos que esto, en realidad, no lo era todo. Necesitamos una esperanza que vaya más allá de lo que podemos imaginar, que nos sorprenda. Así, aunque existen esperanzas más o menos pequeñas que día a día nos mantienen en camino, en realidad, sin la gran esperanza -la que nace de la Fe en Dios y de su Amor a los hombres – todas las demás son insuficientes.

Como dice el Papa Francisco: “El tiempo de Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. Una esperanza que no decepciona, sencillamente porque el Señor no decepciona jamás”. Nuestro tiempo presente tiene un sentido porque el Mesías, esperado durante siglos, nace en Belén. Al venir Cristo entre nosotros, nos ofrece el don de su amor y de su salvación. Para los cristianos la esperanza está animada por una certeza: el Señor está presente a lo largo de toda nuestra vida, en el trabajo y en los afanes cotidianos; nos acompaña y un día enjugará también nuestras lágrimas.

Recorramos estas semanas con esa espera atenta y alegre, y, a la vez, llena de esperanza, contagiándola a los demás y de manera especial a los jóvenes, a quienes les puede faltar razones para esperar. El Niño Jesús, María y José nos esperan en Belén. ¡Ahí queremos llegar con toda la familia! ¡Feliz Navidad!

Mn. Xavier Argelich

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