En frecuentes ocasiones el Papa Francisco ha utilizado la expresión “discernir” en sus escritos y en su predicación oral. La volvemos a encontrar en el programa del Sínodo de Obispos del próximo mes de octubre, sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. También aparece en el nuevo plan pastoral de la Archidiócesis de Barcelona.

Hoy en día encontramos muchas dificultades para llevar a cabo un verdadero discernimiento y, de manera especial, cuando debemos decidir sobre cuestiones de gran trascendencia para nuestra vida. Se nos hace difícil discernir entre el bien y el mal; entre lo que realmente me conviene y lo que me viene en gusto o hacen la mayoría de nuestros amigos y compañeros. Vemos como cuesta decidirse a contraer verdadero matrimonio y, también, nos damos cuenta de lo difícil que es decidirse a secundar una llamada específica de Dios al servicio de la Iglesia y de las almas. Somos conscientes de la falta de vocaciones en la Iglesia y, a la vez, tenemos deseos grandes de seguir y cumplir el querer de Dios para nosotros. Pero no nos acabamos de decidir.

El estilo actual de la sociedad no nos facilita tomar la decisión adecuada, aquella que nos llenará de felicidad, aunque nos complique la vida. Si procuramos acercarnos más a Dios, con una vida sacramental y de oración intensa, encontraremos la fuerza necesaria para descubrir el querer de Dios y decidirnos a vivirlo. Esto es discernir. Como hicieron los apóstoles, que les bastó un “sígueme” de nuestro Señor para dejarlo todo y jugarse la vida por Cristo. Del mismo modo lo han hecho tantos santos y tantos cristianos, así como muchos de nuestros padres y abuelos.

Quiero recordar ahora al beato Álvaro del Portillo, quien el 7 de julio de 1935 asistió a una predicación de San Josemaría y al final de la misma se decidió a entregarse por completo a Dios, sin necesidad de muchas reflexiones y cavilaciones, sin dudar del querer de Dios para él, sin necesidad de consultar a otros ni experimentar otras cosas. Lo vio claro, se fió de Dios y le dijo que sí, hasta el final de su vida. Ahora lo veneramos como beato. Otro ejemplo muy querido por nosotros: la Virgen María. ¡Discernamos y decidámonos! ¡Vale la pena!

Mn. Xavier Argelich

 

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