En el Santuario de Torreciudad (en los Pirineos de Huesca) se celebró el 11 de septiembre, como suele ser habitual por estas fechas, la Jornada Mariana. Concentró alrededor de 14000 personas procedentes de  toda España. El horario de los actos se desarrolló tal como estaba previsto. A la hora del Ángelus y durante media hora se hizo la ofrenda de las familias, las cuales expresaron su devoción mariana dando gracias por los favores recibidos o con peticiones muy variadas, por el próximo viaje del Santo Padre, para tener un buen curso escolar, por intenciones particulares, etc.; las ofrendas de flores, de frutos frescos, secos o un calabacín de más de dos kilos,  también fueron acompañados de un jamón, o de aceite de Córdoba, peanas de madera para imágenes, un palio, etc. La santa misa fue concelebrada, presidida por el arzobispo de Oviedo Mons. Jesús Sanz Montes, conjuntamente con el Vicario regional del Opus Dei para  España, D. Ramon Herrando, y el rector del santuario, D. Javier Mora, entre otros presbíteros. Cantó el Coro Polifónico de la Parroquia de Sant Josepmaria de Valencia. 

Nuestra respuesta ha de ser un Sí a la vida, a toda la vida, en ella se nos susurra Dios

 En la homilía Mons. Sanz  dijo que la familia cristiana, aunque pequeña, se enfrenta a un gran desafío ante el futuro de la sociedad, y ha de ser audaz ya que en un entorno donde nos presentan un modelo confuso en el que vale todo, donde se banaliza el matrimonio, donde se ridiculiza la familia, donde se legaliza la supresión del no nacido, nos pidió que defendiéramos los derechos innegables del don de la vida, del matrimonio y la familia, ocupando los púlpitos de la sociedad que no han de ser solamente de la Iglesia sino de todos los laicos que la forman. Ante la cultura de la muerte, y del holocausto legal y abierto del aborto y de la eutanasia, Nuestra respuesta ha de ser un Sí a la vida, a toda la vida, en ella se nos susurra Dios.

 Después del almuerzo bajo los porches, los pinos, les galerías, o en el pequeño túnel bajo el Servicio de Información al peregrino, actuaron las familias y a continuación se hizo el ofrecimiento de los niños a la Virgen. Mientras  todo esto pasaba, constantemente los peregrinos entraban y salían del santuario donde se intentaba un recogimiento especial para aprovechar y rezar profundamente a la Virgen de Torreciudad; otros subían o bajaban de la ermita, y los más atrevidos, sobre todo los chicos, se encaramaban a pleno sol a la Torreón. Desde cualquier punto de vista se podían admirar unos paisajes casi más propios de la Costa Brava catalana, ya que el embalse de El Grado estaba totalmente lleno.

 A las cuatro y media de la tarde, la imagen de la Virgen salió del templo,  momento en el que se  inició el Santo Rosario, dando toda la vuelta al exterior del santuario. Todo ello propició uno de los momentos más emotivos, en el que varios miles de personas, a una, rezábamos e implorábamos a la Virgen desde el lugar donde estuviésemos; a continuación, el rector  dirigió la Exposición Solemne en la explanada. En estos actos también participaron, como fieles, Mons. Jesús Sanz y  D. Ramón Herrrando.

 Y así se  llegó al final de la Jornada. En este punto, D. Javier Mora nos tiene habituados a una o a más anécdotas, siempre relacionadas con la Jornada Mariana, y no nos falló. Si el arzobispo de Oviedo se  refirió en la homilía a sus padres y en especial a su madre, agradeciéndole por haberle permitido que continuara vivo en sus entrañas, el rector refirió que un sacerdote le explicó que su madre cuando escogió la tela para su vestido de novia, la ropa la pensó para que fuera útil para la casulla de un posible hijo y que además pudiera ser sacerdote,  y pasados los años así fue, y aquel hijo en  su primera misa llevaba una casulla de aquella tela. Todo esto le sirvió para decirnos que donde nacen más vocaciones es en el seno de las familias cristianas.

 La salida del recinto fue muy fluida. Un conductor de uno de los autocares de los peregrinos nos comentaba que era la primera vez que iba a Torreciudad, y que había quedado impresionado porque “no había un campo de fútbol lleno de autocares, sino dos!”. Al caer la tarde, aquel sol implacable ya nos había aumentado el bronceado del verano, regresando a casa muy contentos, aunque tuviéramos por delante muchos kilómetros.

 Isabel Hernández Esteban

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