En este mes de mayo me gustaría hacer algunas consideraciones del amor y devoción a Santa María que, desde pequeño, tuvo san Josemaría Escrivá.
Es bien conocido por muchos de nosotros cómo fue creciendo en él esta tierna y recia devoción desde su infancia. Surgió con naturalidad y sencillez gracias al ejemplo de sus padres y a las costumbres familiares. Lo ofrecieron a la Virgen de Torreciudad a la edad de dos años, tras la curación inesperada del niño Josemaría, ya desahuciado por el médico familiar.
Alcanzó mucha fuerza durante sus años en el seminario y de manera muy concreta durante su estancia en Zaragoza, dónde acudía diariamente al Pilar para rezar ante la santa imagen de nuestra Señora, pidiéndole que viera lo que el Señor le pedía y se hiciera realidad, ¡Domina, ut sit!
En su primer libro, Camino, dejó constancia de su amor y devoción a la Virgen María. En él encontramos expresiones que son auténticas oraciones filiales, de un hijo que recurre con confianza a su Madre porque sabe que lo escucha e intercede por él. Un buen ejemplo es el punto 516: “¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha”. Sin duda se trata de una experiencia personal, fruto de su constante acudir a la protección y ayuda de Santa María.
Al procurar crecer en esa devoción a la Virgen María durante este mes nos puede ayudar la vida santa de San Josemaría y sus escritos y consejos marianos. Muchos hemos aprendido de él a saludarla sirviéndonos de tantas imágenes de María, basta una mirada, una jaculatoria, un pequeño pensamiento.
Mn. Xavier Argelich

