La ordenación sacerdotal de Josemaría Escrivá, el 28 de marzo de 1925, marca el inicio de un camino que trascendería ampliamente su propia biografía. Más que un acontecimiento aislado, representa el comienzo de una misión espiritual que encontraría su forma definitiva pocos años después, pero que ya se gestaba en sus primeras experiencias pastorales.
En la Zaragoza donde se formó y fue ordenado, y posteriormente en Madrid, su labor sacerdotal se caracterizó por una entrega concreta y silenciosa. Lejos de protagonismos, dedicó sus primeros años a la atención de enfermos, la predicación y la dirección espiritual, especialmente entre personas humildes. Este contacto directo con la realidad cotidiana fue decisivo: en él descubrió que la vida ordinaria —el trabajo, la familia, las preocupaciones diarias— podía ser también lugar de encuentro con Dios.
Aquellos años no estuvieron marcados por grandes proyectos visibles, sino por la fidelidad en lo pequeño. Sin embargo, en su interior crecía una intuición aún difusa sobre una llamada más amplia. Esa inquietud encontraría claridad el 2 de octubre de 1928, también en Madrid, con el nacimiento del Opus Dei, una propuesta que subrayaba la llamada universal a la santidad en medio del mundo.
Su experiencia sacerdotal inicial resulta clave para entender esa intuición. No surgió de una teoría, sino del trato directo con las personas y sus circunstancias. Por eso, su mensaje tenía un tono cercano, práctico, accesible. Frente a visiones más restringidas de la vida espiritual, defendió que todos —sin excepción— están llamados a la santidad.
En un contexto social complejo, previo a la Guerra Civil Española, su actitud fue de constancia, oración y servicio. Sin estridencias, pero con profunda convicción, fue configurando una espiritualidad que años más tarde encontraría eco en el Concilio Vaticano II.
En definitiva, sus primeros años como sacerdote no fueron un simple inicio, sino la raíz de una visión que transformaría la manera de entender la santidad: no como algo extraordinario, sino plenamente inserto en la vida diaria.
Mn. Xavier Argelich


