El inicio de un nuevo año nos impulsa siempre a fomentar renovados deseos de mejorar como personas y como cristianos. La Iglesia cada año nos invita a poner nuestra mirada y confianza en Santa María, Madre de Dios. Es una invitación a poner bajo su amor maternal esos buenos deseos y a reconocer que sin su ayuda nos será difícil llevarlos a término.
Junto a Santa María encontramos a Jesús y a san José, la Sagrada Familia de Nazaret. Jesús ha querido nacer en una familia y así santificar la familia humana y recordarnos que el amor humano es reflejo del amor de Dios. Al empezar un nuevo año procuremos vivificar el agradecimiento a Dios por el amor de nuestros padres y fomentemos todo aquello que hace posible que las familias sean ese auténtico reflejo del amor divino.
San Josemaría nació el 9 de enero de 1902 y siempre agradeció a Dios y a sus padres el haber nacido en el seno de una familia cristiana. Recordémoslo con sus propias palabras: “Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe”.
Las fiestas que acabamos de celebrar y nuestro deseo de ir preparando el centenario de la Fundación del Opus Dei, nos ayudan a considerar la importancia de la formación cristiana desde la tierna edad en el seno de la familia. La piedad, las virtudes, los buenos modales, la diligencia en el trabajo y la importancia del estudio y la cultura se aprenden en la familia principalmente. Así lo vivió san Josemaría desde bien pequeño. De esta manera el Señor lo fue preparando para que su respuesta a su voluntad fuera eficaz.
Entre todas las cosas que aprendió este santo en el hogar cristiano de sus padres quisiera destacar una: La tierna y firme devoción a la Virgen María y su agradecimiento especial por su curación cuando tenía dos años.
Mn. Xavier Argelich


