Es de todos bien sabido que la mejor escuela es la familia. La educación y la formación que se recibe en una familia cristiana son insustituibles, porque se fundamentan en el amor de los padres y de los hijos. Amor sólo superado por el amor de Dios. De ahí, que, si los padres aman a Dios, su amor mutuo y el amor a los hijos será todavía más grande y auténtico, y, como consecuencia, en esa familia se transmitirá un modo de vivir maravilloso, que será difícil olvidarlo. Lo que hemos aprendido en el seno familiar nos acompaña toda la vida, aunque en algún momento nos podamos despistar y acabemos ocultando lo que hemos aprendido.

En la familia aprendemos a amar, es decir, a darnos, a ser generosos, a respetarnos, a ayudarnos, a buscar lo mejor para el otro. Aprendemos a afrontar la vida con responsabilidad, a ser trabajadores, a construir un futuro esperanzador. Ahí se forja el carácter, aprendemos a dominar y encauzar los sentimientos y los afectos, aprendemos a ser hombres y mujeres que saben seguir los designios de Dios. Aprendemos a sentirnos seguros. Y tantas cosas más.

Este mes se celebre un nuevo encuentro mundial de las familias, con el lema “El Evangelio de la Familia: Alegría para el mundo”. La familia cristiana es la buena nueva para el mundo, es su alegría, porque enseña el bien y a hacer el bien, en contra de todo el relativismo reinante en el mundo actual. Para ello, el Papa nos recuerda que para alcanzar el bien se requiere el combate espiritual que nos lleva al desarrollo de lo bueno, a la maduración espiritual y al crecimiento del amor, que son el mejor contrapeso ante el mal. ¡Cuánto puede ayudar la familia!

Acudamos a María, Asunta al Cielo, pidiendo por los frutos de la Jornada Mundial de las Familias.

Mn. Xavier Argelich

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