A los 17 años dejé Barcelona para ir a vivir a Londres, antes de que nacieran la mayoría de los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud que acaba de terminar en Madrid. Había muerto el general Franco hacía unos meses y el país estaba a punto de precipitarse hacia la modernidad secularizada. En esos años, las mujeres de Barcelona iban a Londres a tener abortos, entonces ilegales en España. Actualmente, mujeres británicas van a Barcelona para aprovecharse de las leyes abortistas más liberales de toda Europa.

Los organizadores de la JMJ me invitaron a colaborar en el departamento de comunicación, y yo acudí con tres compañeros de nuestro equipo de Catholic Voices —que fundamos el año pasado para preparar la visita del Papa al Reino Unido— con el fin de asistir a periodistas de habla inglesa con información sobre el evento. Durante nuestra estancia la semana pasada, entre más de un millón de peregrinos sumidos en un éxtasis de felicidad, por sentirse en plenitud pese al insufrible calor y las tormentas de Madrid, me di cuenta de que España es todavía, a pesar del laicismo que impera, una nación intensamente católica.

Había leído una entrevista a Yago de la Cierva, el director de la Jornada, en la que contaba que el Vaticano le habían animado a dar un sabor español a esta edición. Esto le llevó, por ejemplo, a diseñar el Via Crucis utilizando los famosos pasos de la Semana Santa de distintas ciudades de España, e incluso a decir que la gente se iría a dormir más tarde y se levantaría más tarde (algo, no lo neguemos, muy español).

Pero había otra diferencia más importante: ésta iba a ser la primera edición de las JMJ internacionales totalmente autofinanciada, desde que comenzaron en 1987. Un 70% del coste de los 50 millones de euros lo pagaban los participantes; el resto lo cubrían donativos corporativos o individuales. Incluso los 30.000 voluntarios se tuvieron que pagar su mochila. Era importante que, ya que España está pasando una de las más profundas crisis económicas en Europa, con más del 40 por ciento de los jóvenes en el paro, este evento no fuera un peso para el contribuyente. Y se logró. Además, España se benefició con más de 160 millones de euros sin que el Estado, como confirmó un portavoz del gobierno, contribuyera en nada.

Sin embargo, esto no fue suficiente para evitar que una alianza entre grupos laicistas y gays organizara una marcha de protesta contra el coste de la visita. El eslogan «con mis impuestos, no» quizá fuera lo único que unía a estos grupos —pequeños, fragmentados e ideológicamente diversos— pero difílmente se le puede atribuir credibilidad a este pretexto. La manifestación de 5.000 personas, que se volvió violenta y tuvo que ser dispersada por los antidisturbios, fue la noticia principal tanto en España como en otros países. Pero la impresión creada por algunos medios era bastante irreal. En comparación con esos pocos miles, llenaban las calles de Madrid un millón de alegres peregrinos, a los que daban la bienvenida otro millón de madrileños que se unieron a la fiesta. La gran mayoría de los peregrinos no vieron ni a una sola persona protestando.

El día de la llegada del Papa me invitaron a Las Mañanas de Cuatro, como coordinador de Catholic Voices. En el plató se comentaba en directo dicho acontecimiento. Algunos amigos me advirtieron que era una cadena hostil a la Iglesia, pero lo que me encontré fue todo lo contrario: curiosidad amistosa y preguntas hechas con respeto. También le avisaron al Papa que la recepción que tendría al llegar sería fría, pero lo que se encontró fue un país que le daba la bienvenida, un gobierno involucrado en la visita, y unos medios receptivos a sus mensajes; y esto sin olvidar la inmensa oleada de jóvenes que le esperaba llena de fervor y devoción. Incluso Zapatero, que ha estado al frente de uno de los gobiernos más hostiles a la Iglesia de la historia de Europa, le esperaba para darle la bienvenida en el aeropuerto.

¿Qué explica este repentino estallido de respeto por la Iglesia? La respuesta es que la fe —simple, pura, joven y llena de esperanza— dominó el ambiente durante esos días, convirtiendo en irrelevantes los problemas de la ideología y de la historia, y recordando al resto del mundo la constancia de la vida interior de España.

El pasado santo de España estaba por todas partes. Algunos de los pasos que se utilizaron para el Via Crucis —la Virgen de la Regla o el Jesús de Medinacelli— eran del siglo XVII, pero los comentarios a las estaciones escritos por las Hermanitas de la Cruz de Sevilla fueron sorprendentemente modernos, deplorando los abusos sexuales y las víctimas abandonadas del sida. Fue novedoso tener todos estos pasos juntos en un mismo lugar ya que nunca salen de sus ciudades. En la Vigilia en Cuatro Vientos —interrumpida por una repentina tormenta y lluvia torrencial— el Santísimo fue expuesto en una magnífica obra de arte: la Custodia de Arfe de Toledo, que data del 1524. La gran multitud de jóvenes cayó de rodillas en el barro para rezar y se hizo un imponente silencio por todo el campo. ¿Qué se siente cuando uno está en medio de un silencio de un millón y medio de personas, rezando juntas en comunión? Es muy difícil explicarlo pero yo no lo olvidaré nunca. Es como una verdad eterna que ha estado escondida y que de pronto se ha revelado.

Y eso, en resumen, es lo que pasó durante la JMJ. El espacio de España cambió. Quizá la muestra más evidente de eso fue el elegante parque del Retiro, convertido durante esos días en un centro de reflexión y contrición. Más de 4.000 sacerdotes recibieron a los peregrinos en 200 confesionarios que estuvieron usándose sin parar durante cinco días desde las 10 de la mañana hasta las doce de la noche. Incluso el Papa, novedosamente, también escuchó la confesión de cuatro jóvenes. El portavoz del Vaticano, P. Federico Lombardi, comentó que la experiencia del Retiro muestra que cuando se ofrece la posibilidad de arrepentirse en el sacramento de la Penitencia, la gente joven quiere acudir a él.

Lo que la JMJ también mostró es que cuando se deja que la fe tenga expresión pública, engendra fe en otros. Es muy fácil dividir España en dos mitades, una apasionadamente católica y la otra muy hostil. Pero muchos de los jóvenes españoles con los que yo hablé esos días no eran ni una cosa ni la otra. Estaban buscando su camino hacia la fe como lo hacen todos los jóvenes, sopesando lo que veían y experimentaban. Para esos que estaban buscando, la JMJ no fue sólo una fuente de alegría: también les dejó sorprendidos.

Esta JMJ —con más gente que las dos anteriores en Colonia y Sydney juntas— ha sido la reunión de gente más masiva en la historia de España. Y es interesante que haya sido un acto religioso el que haya alcanzado esta meta.

Fue España la que ofreció una calurosa bienvenida a los jóvenes católicos que venían del resto del planeta. Fue en España donde se tuvo esta fiesta continua en la que no hubo drogas, ni botellón, ni promiscuidad. Durante varios días otra España salió a relucir, con suavidad y humildad, pero con firmeza. «España es una gran nación que, en una convivencia sanamente abierta, plural y respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma profundamente religiosa y católica», le dijo el Papa al rey Juan Carlos en Barajas antes de volverse a Roma. Y no es una esperanza, sino un hecho. España es casi irreconocible desde que me fui hace 35 años, pero como se vio la semana pasada, su corazón sigue siendo cristiano.
Jack Valero

Coordinador de «Catholic Voices»

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